No fui capaz de amarte como diox manda, porque soy ateo y diox nunca aprendió mi nombre. Y tú, aunque hermosa como una herejía, eras demasiado protestante para mis incontrolados incendios.
Entre nosotros solo primaba la libertad, ese animal sin dueño que duerme desnuda en los tejados, los ocasos, con su sangre de naranja podrida..., y aquellas barbacoas de chocos salvajes que ardían sobre la noche como pequeños monstruos de sal.
A veces la luna se eclipsaba para no vernos. Nosotros, sin diox, sin iglesia, sin más sacramento que el deseo, brindábamos con los ojos por la improbable certeza de que dos pecadores también pudiesen amarse eternamente, aunque no crean en el cielo que los condena.









