domingo, 24 de septiembre de 2017

... de ella, de la flor.


Caminaba por la calle, cabizbajo y triste, cuando reparé en una chica elegantemente vestida que iba delante de mí.
Jugaba distraídamente con una rosa blanca entre las manos.
De pronto se giró, me sonrió y dejó caer la flor.
Corrí a recogerla. Se la ofrecí con mi mejor sonrisa y, cuando nuestros ojos se encontraron, sentí aquel extraño cosquilleo que anuncian las novelas románticas.
Me quedé prendado al instante.
De ella, de su sonrisa, de su mirada, de su elegancia.
Pero, sobre todo… de la rosa.
Porque la chica se había marchado hacía tres calles, por lo menos.