
El
tiempo me fue robando la prisa,
la fuerza de los brazos,
la
insolencia de los años.
Me dejó la voz más baja,
el paso
más lento
y las manos llenas de memoria.
Pero olvidó
llevarse el corazón.
Ese sigue golpeando mi pecho
como un
caballo salvaje,
como si el calendario fuera una mentira
y
el amor no conociera arrugas.
Qué ironía la mía...
He
aprendido a despedirme de tantas cosas,
y, sin embargo,
aún
no sé despedirme de ti.
Basta imaginar tu sonrisa
para que
vuelva la primavera
a este invierno que habito.
Basta
recordar el temblor de tus labios
para que mis noches, tan
largas,
se llenen de un fuego
que ningún otoño consigue
apagar.
Dicen que el amor pertenece a los jóvenes.
No
saben nada.
Los jóvenes aman con el vértigo del
descubrimiento;
los viejos amamos con la desesperación
de
quien conoce el precio de cada instante.
Por eso te amo así:
sin
promesas imposibles,
sin orgullo, sin máscaras.
Te amo con
el miedo de perderte
antes de haberte tenido del todo.
Y
cuando mi último verso
se quede suspendido en el aire,
no
llores por el poeta.
Llora, si acaso,
por ese anciano
obstinado
que llegó al final del camino
con el cabello
cubierto de nieve...
y el corazón, terco y luminoso,
demasiado
joven
para dejar de pronunciar tu nombre.
Creo
que el amor más triste
no es el que llega tarde,
sino
el que llega cuando
el corazón aún tiene
toda
la juventud que el tiempo
le negó al cuerpo.