Paseaba a solas por el parque, bajo la lluvia.
Me sentía observado, pese a la húmeda soledad.
Vi un banco vacío y me acerqué para sentarme,
me daba igual mojarme. Fue entonces cuando te vi,
y me relajé. No me preguntes el motivo, pero sonreí...
Paseaba a solas por el parque, bajo la lluvia.
Me sentía observado, pese a la húmeda soledad.
Vi un banco vacío y me acerqué para sentarme,
me daba igual mojarme. Fue entonces cuando te vi,
y me relajé. No me preguntes el motivo, pero sonreí...
Me gusta tu desnudez, en blanco y negro,
tu sonrisa marcada por el paso de los daños,
el brillo de tu ojos camuflado tras las gafas,
tu voz a oscuras, susurrando mis manos.
Me gusta abrazarte y sentir tu inquietud,
tu descarado deambular por mi cuerpo,
tus chanclas descoloridas libres en la orilla,
tus salados besos con sabor a mar,
Sí, me gustas, con todas tus cicatrices...

Sí, vivimos en un paraíso que está lleno de veneno. Las flores y animales con colores más vistosos son los que más tienen, al igual que el amor. Por eso hay que evitar las heridas, para no contagiarnos y morir emponzoñados. Urge vivir perdonando, hacer latir la vida mientras se pueda.
Mi lápiz, mi fiel compañero y psicólogo, lleva tiempo agonizando. Quizás lo contagió mi propia sangre al sacarle punta. Apenas tiene fuerzas para plasmar mis desvaríos y sentimientos. Está totalmente roto y agostado. Creo que ha llegado la hora de dejarlo descansar, no sin antes darle las gracias por todas las cosas que me ayudó a contar. También, como no, agradecido por las cosas que se negó a revelar. No sé si lo hizo por ayudarme o por evitarme daños mayores. Hubo días que se hacía el muerto para que no lo obligara a contar cosas complicadas.
Descansa tranquilo, amigo, yo te perdono y me consta que tú también lo haces conmigo. Has colapsado, rodeado de virutas de colores contagiosos, me he quedado sin voz...