Cuando cae la noche,
la palabra late, vibra.
La locura del día se retira,
y el silencio, te susurra.
Se enciende tu nombre,
a voz desnuda, mojada...
Historias de un idiota contadas por él mismo
Cuando cae la noche,
la palabra late, vibra.
La locura del día se retira,
y el silencio, te susurra.
Se enciende tu nombre,
a voz desnuda, mojada...

Sí, vivimos en un paraíso que está lleno de veneno. Las flores y animales con colores más vistosos son los que más tienen, al igual que el amor. Por eso hay que evitar las heridas, para no contagiarnos y morir emponzoñados. Urge vivir perdonando, hacer latir la vida mientras se pueda.
Mi lápiz, mi fiel compañero y psicólogo, lleva tiempo agonizando. Quizás lo contagió mi propia sangre al sacarle punta. Apenas tiene fuerzas para plasmar mis desvaríos y sentimientos. Está totalmente roto y agostado. Creo que ha llegado la hora de dejarlo descansar, no sin antes darle las gracias por todas las cosas que me ayudó a contar. También, como no, agradecido por las cosas que se negó a revelar. No sé si lo hizo por ayudarme o por evitarme daños mayores. Hubo días que se hacía el muerto para que no lo obligara a contar cosas complicadas.
Descansa tranquilo, amigo, yo te perdono y me consta que tú también lo haces conmigo. Has colapsado, rodeado de virutas de colores contagiosos, me he quedado sin voz...
Cuando me lloran tus recuerdos,
con la humedad ansiada de tus besos,
el lápiz me muerde los dedos,
se ahogan los minutos, depresos...