Alonso
Quijano fue un hidalgo pobre que perdió definitivamente la razón de
tanto escribir novelas de caballería. Tal era su desvarío mental
que, al ser manco en palabras, a veces llegaba a creerse que era
Cervantes, Príncipe de los Ingenios, aunque nadie sabía muy bien
quién era ese tal Cervantes.
En
uno de sus primeros y más descarados trastornos se enamoró
perdidamente de una pastorcilla francesa de mirada incendiaria
llamada Galatea. Pero, para disimular ante el vecindario y evitar
cotilleos, él la llamaba Dulcinea. Cosas de la discreción manchega.
Por
otro lado, Alonso era muy amigo de un tal Danny DeVito, un yanqui que
trabajaba en la vecina base de Torrijón de Ardor. Debido a su escasa
estatura y a su desmedida afición a los montaítos, Quijano lo
motejó, con descarada sorna, como «Recortaete y Montadillo».
A
veces también lo llamaba Chancho Panza, porque el hombre tenía
cierta tendencia a retener pringue. Dicen que, cuando se comía un
bocaíllo de zurrapa de lomo con manteca colorá, necesitaba una
docena de servilletas, una bayeta y la intervención de la Guardia
Civil.
En
fin, que Cervantes, nunca existió, ni usó jamás un lepanto ni
participó en batalla alguna. Todo fue fruto de los desvaríos de
Alonso Quijano, que mezclaba molinos, gigantes, caballeros, franceses
y yanquis de una manera que ni él mismo entendía.
Pero
hay más.
Otra
cosa de la que jamás se habló es que, en cierta taberna complutense
que alquilaba jergones por horas y donde el pirriaque tenía más
graduación que la moral de los parroquianos, Alonso dejó preñá a
la mencionada Galatea.
Fruto
de aquel encuentro accidental —y de alguna que otra jarra de
mollate barato— nació una criatura que, con el tiempo, se haría
famosa por aquellos lares: Estrellita Castro.
La
muchacha salió artista, cantó coplas y llegó a ser muy popular.
Aunque, años después, abandonó los escenarios para dedicarse a
algo mucho más lucrativo y menos sacrificado: hacerse influencer y
tiktokera.
Y
así fue como terminó la verdadera historia de Don Quijote.
Lo
demás —los molinos, Sancho, Dulcinea, Cervantes, Rocinante y toda
aquella mandanga— son cosas que se inventaron después entre
Pérez-Reverte,
Pedro Pacheco y Boris Izaguirre para vender libros.
Y
todavía hay quien se lo cree...
(To
be continued... or not)