Si
amanece y no sé quién soy,
si
me roba tu nombre la niebla
y
convierte nuestra historia
en
hojas arrastradas por el viento...
no
me culpes.
Búscame
en mis temblorosas manos,
en
esa lágrima sin sentido para ti,
en
el silencio de unos ojos
que,
aún perdidos, seguirán buscándote.
Te
amaré aunque me lo prohíbas.
Aunque
alces un muro entre tu vida y la mía.
Aunque
nos condene el destino
a
caminar por orillas opuestas y no vuelvan a encontrarse.
Y
cuando, piedra a piedra, mi memoria se derrumbe,
cuando
se diluya el rostro de mi madre,
olvide
el sonido del mar y ni siquiera recuerde
el
nombre con el que me llamaban de niño...
habrá
algo que no morirá.
Será
esto que te siento.
Porque
no vive en la memoria este sentimiento ,
sino
en esa cálida profundidad,
donde
no mandan las estaciones,
donde
nunca aprende a entrar el olvido.
Quizá
un día te cruces conmigo
y
yo te mire con voz tímida, desconocida.
Pero
si rozas mi mano, sin querer,
mi
corazón reconocerá el hogar que
habrá
perdido mi mente.
Y
entonces volveré a sonreír
sin
ni siquiera conocer el motivo.
Me
enamoraré de ti,
como
si fuera la vez primera,
sin
recordar nuestro pasado,
pero
con la certeza clara de
que
mi alma ya te conocía.
Sí,
si ese día me ves sonreír sin motivo,
abrázame.
No
pierdas el tiempo en devolverme los recuerdos.
Bastará
con que le susurres a mi mirada:
"Te
sigo amando, viejo loco."
Porque,
aunque mi memoria haya desaparecido para siempre,
mi
último latido tendrá tu nombre...
aunque
mis labios ya no puedan expresarlo.