Querida Mamá:
Creo que ya es hora de hacerte el pequeño homenaje que siempre pensé que te merecías. Siempre has sido referente para todo el mundo por tu entereza frente a toda clase de adversidades. Te tocó vivir un mundo demasiado grande y duro, un mundo que no te merecías. Te quedaste huérfana a los nueve años, víctima de aquella sinrazón que se apoderó de nuestra tierra. Tuviste que ayudar desde tu más tierna infancia a tu pobre madre, que se quedo viuda con cinco hijos pequeños y embarazada de otro. Una madre que también vivió resabiada casi toda su vida. Nadie la quiso ayudar porque era la viuda de un socialista fusilado por el simple hecho de serlo y que además no sucumbió a las demandas sexuales de los vencedores.
No, no fue fácil tu infancia, en realidad ni siquiera la tuviste. Te faltó el amor de tu padre y las caricias de una madre asustada. A pesar de ello tú exprimías las penas hasta conseguir sacar un poco de alegría para compartir con tus hermanos. Luego conociste al que fue el amor de tu vida, nuestro padre. Hombre del que aún sigues enamorada pese a llevar ya casi treinta y cuatro años viuda. Empezaste a tener hijos, uno detrás de otro, nueve en total; fruto de tu enamoramiento, como a ti te gusta decir. También te tuviste que multiplicar por diez para sacar a tus dos hijos mayores que nacieron con problemas de salud, largos años postrada junto al mayor de ellos hasta que al fin sanó. Todo esto lo tenías que ir simultaneando con tus labores de la casa y tu trabajo en una oficina. Una locura. ¿De dónde sacabas las fuerzas para tener tiempo además para ayudar a los pobres?
Pero la vida te seguía guardando dolor. Te quedaste viuda con cuarenta y ocho años y todavía cargada de niños pequeños y niños muy grandes. A todos nos dedicaste el mismo cariño. Nos sacaste a todos adelante, aún hoy, cuando casi todos hemos pasado de la cuarentena, te niegas a destetarnos. Cuando se suponía que ibas a tener un respiro por haber alcanzado casi todos cierta autonomía, el destino te jugó otra mala pasada. Te quedaste medio ciega y casi postrada en una silla de ruedas. Aún así seguiste siendo capaz de repartir cariño por doquier, a propios y extraños. Me sentiré orgulloso toda la vida de tener una madre a la que quiere todo el mundo. Una madre que hasta en los momentos más dolorosos para ella fue capaz de aprovechar sus lágrimas para darnos de beber.
Me gustaría por unos instantes, poder jugar a ser Dios. Te diseñaría un paraíso especial para ti aquí en la tierra. Un edén sin grandes aspiraciones, sólo con las cosas que tú siempre amaste. Ese lugar bien podría ser el porche de tu querida casa de la playa. Allí, rodeada de tus queridas flores, gastarías todo el tiempo de tertulia con tus añorados padres y tu amado esposo. Loca porque llegara la noche para desarrollar tu gran pasión, la lectura bajo la luz de una farola. Siempre me he preguntado cuántos datos habrá en esa cabeza tan bien amueblada que tienes. Por supuesto que no pueden faltar tus queridos viajes y tus buenos paseos por las saladas orillas de nuestras queridas playas. Y como no hay paraíso que se precie que no tenga su particular serpiente que te incite a pecar, allí me gustaría estar a mí con la tarta o el helado más grande que en el mundo pueda haber. Puesto a pecar, pequemos a lo grande.
Quiero decirte también mamá, que en estos momentos en que la vida te ha vuelto a llenar de dolor, no estás sola. Toda tu familia lleva una parte de ese dolor a sus espaldas, nos sentimos orgullosos de compartirlo. Para terminar, tus hijos, nietos, bisnietas, hermanos y todas las personas que han pasado y pasarán por tu vida te queremos dar las gracias por habernos permitido tener el placer de disfrutar de tu enorme generosidad.
Recibe un fortísimo beso y ya sabes:
¡ABURRE A ESOS MÉDICOS!