Sí, qué haría yo sin ella. Ella me ayuda a comer, a leer y a asearme. Me acaricia y me da placer. Me alivia el dolor y me consuela. Con ella escribo y en ella apoyo mi caja de las ideas ayundándome a pensar. No podría vivir sin ella, es mi mano derecha.
Llevas ya muchos días sin contestar a mis llamadas, demasiados. No sé nada de ti. Quizás has cambiado de compañía o de número, no lo sé. Ignoro si estás bien o no. Me preocupa el hecho de que te hayan podido cortar la línea por falta de pago. Incluso puede que te hayas mudado de casa. Ninguno de mis hermanos sabe de ti tampoco. Miedo me da pensar que lo dejas descolgado para no hablar conmigo. El caso es que hemos pasado de hablar varias veces al día a no hablar nada de nada. Cada vez que suena el teléfono de casa me ilusiona pensar que eres tú de nuevo. Pero no, sigues sin dar señales de vida. Hoy hace once meses. Esto es insoportable. Por favor,
Lo quería derribar para construir uno nuevo y más fuerte, pero tras la correspondiente cata exigida por las autoridades pertinentes, se descubrió vestigios de un amor anterior. Ahora, mientras espero saber quién era la antigua habitante del solar, no me queda más remedio que dejarlo en barbecho.