
Tú
eres té con aroma de manzana y canela,
servido
en una taza de porcelana fina, tan
delicada
que hasta el silencio teme romperla.
Me
gusta mirarte cuando preparas tu infusión,
mientras
yo observo, con cierta desconfianza,
esa
cuerdecita que cuelga de tus dedos, como
una
pequeña soga para ahorcar el miedo.
Yo
soy café fuerte, negro, sin azúcar, servido
en
una taza vieja y desconchada por tantas
caídas
al suelo y tantas veces que
volvió
a levantarse. Nunca té he probado.
Quizá
un día me atreva con un par de sorbitos
y
termine embrujado por la dulzura de tus manzanas,
por
la canela de tus manos, por esa manera tuya de
convertir
el agua caliente en una amenaza deliciosa.
Si
tú probaras mi café, sentirías la fuerza de lo amargo,
el
golpe oscuro de una madrugada, la cicatriz de todos
mis
naufragios disuelta en una taza. Y quizá entonces
comprendieras
que no somos tan distintos:
tú,
té con miedo a romperse; yo, café con miedo a la
cuerda.
Podríamos quedar cualquier día para besayunarnos,
sin
azúcar, sin cucharillas, sin preguntar quién se bebe a quién.
Tú
me das un sorbo, yo te doy otro.
Y
entre manzanas, canela y café, quizá acabemos
descubriendo
que lo que realmente necesitábamos
era
besayunarnos… saboreándonos.