domingo, 2 de agosto de 2026

Morir a manos de la poesía...

 

La poesía ha dejado de escribirme cartas. Ahora conspira contra mí. Se reúne en el silencio, soborna a la memoria y pone precio a cada uno de mis recuerdos. Ha dictado una sentencia: hacer desaparecer al hombre para que solo sobreviva la palabra.
Quiere desalojarme de mi propia carne y trasladarme al lápiz que aprieto entre los dedos. Convertirme en la mina que se desgasta, en la madera que cruje, en el polvo de grafito que cae sobre el papel como una ceniza íntima. Ya no seré quien escribe: seré aquello con lo que la poesía se escribe a sí misma.
Cada verso es un golpe de Estado contra mi voluntad. Cada metáfora derriba una frontera que creía inexpugnable. Me invade despacio, con la paciencia de la lluvia que termina horadando la piedra. Me roba la voz para devolvérmela convertida en un idioma que ni yo mismo reconozco.
Y, sin embargo, no huyo.
Porque sospecho que morir a manos de la poesía es la única forma digna de permanecer vivo. Si un día alguien encuentra mi cuerpo, que no busque un corazón entre mis costillas. Encontrará un lápiz gastado, todavía tibio, escribiendo el último verso de un hombre al que la poesía asesinó para concederle, por fin, la eternidad.

Fue tu voz la que me conquistó...

 

Más que tu sonrisa, fue tu voz la que me conquistó. En ella descubrí un lugar donde el miedo olvidaba mi nombre y me enseñaba a volar. Bastaba escucharte para creer que aún quedaban milagros escondidos entre las palabras.

Pero ni siquiera tu voz pudo superar a tu manera de mirarme...

Cuando tus ojos se encontraban con los míos, todo a nuestro alrededor enmudecía. No era una simple mirada; era un hogar para mí, una callada promesa que con caricias curaba mis secretas heridas, aquellas que nunca me atreví a mostrar. En esos ojos entendí que el amor podía decirlo todo sin pronunciar una sola sílaba...

Hoy tu voz resuena cual eco que me abriga en las más frías, solitarias y lentas noches. Tu sonrisa, un recuerdo que se niega a marcharse. Pero es tu forma de mirar la que sigue habitando en mí como hermosa condena. De todas las formas que tuvo tu amor, fue tu manera de mirarme la única que nunca he conseguido olvidar. Quizás nunca lo haga, hay ojos que, aunque algún día dejen de mirarte, jamás dejarán de ser la música callada con la que el viento te nombra...

Y la paloma se ahogó en tus labios...

 
Bebí de tu boca como el asno, noble y confiado, bebe del espejo donde la luna esconde sus espinas. mas el agua llevaba culebras mordiéndole la sombra a los juncos del pecho.
Desde entonces granadas abiertas navegan por mis arterias, mientras un ciego olivo siembra sal sobre las alas del río.
No eran agua tus besos, eran la sed disfrazada de gentil paloma. Eran el pozo que incita a beber a quien se inclina... la llave sin cerradura, la nieve que quema en la garganta del verano...
Ahora, cada vez que pronuncio tu nombre, un zumo de agrio pomelo hace rilar la luna. Mi niño interior explota como globo demasiado inflado por los huertos de tu silencio… No te busco, eres la sed que me lleva de la mano, con un ramo de espinas dormidas, hasta esa fuente invisible donde el agua prendió tu rostro para no saciar jamás a nadie.
Y la paloma se ahogó en tus labios...