No me importa ocultar tu nombre
en el bolsillo frío de la marea,
ni dormir con un pez de ceniza
mordiéndome la voz.
Mi sentimiento aprendió hace tiempo
a caminar descalzo
sobre las navajas blancas de la espuma.
Lo que me duele es que,
cuando la noche te derrumba
como una campana de agua oscura
y la tristeza abre sus alas de carbón
sobre tus hombros, no escuches
que un árbol de sangrante
está floreciendo por ti
en el nacimiento del viento.
Ignoras que hay un hombre
con el pecho lleno de gaviotas sin luz,
recogiendo trozos de lunas rotas
para coserlas a tu sonrisa.
Si tus lágrimas cayeran al mar,
los peces ignorarían el agua,
las algas vestirían de luto
y la arena daría a luz
mis huellas transparentes.
Ven, tengo un abrazo aguardándote
con manos llenas de horizonte,
y un ramo de besos salvajes
capaz de convertir tu pena
en una brillante luna blanca
que ya nunca volverá a morder la sal.

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