viernes, 31 de julio de 2026

El podador de estrellas...

 

Antes de que la radio aprendiera a callarse, hubo un radiador cuya voz encendía las madrugadas. Mas los años no pasan en balde y son carpinteros eficientes, le fueron serrando el oído, le escondieron la voz entre versos distraídos y le vistieron los ojos con telarañas traviesas. Pese a todo nunca dejó de amar la mortadela ni el güigki con grumitos. Aseguraba que ambos engrasaban su memoria mejor que los relojes de arena en días de bravas tormentas. Cuando ya nadie podía escucharlo, buscó un currele no contributivo en el que no necesitara palabras. Se hizo podador de estrellas asalvajás. De madrugá subía por su escalera, hecha con el humo de sus sempiternos cigarrillos de reír, y se dedicaba a recortar los afilados picos de las constelaciones con la intención de que ningún enamorado se hiriera el mirar al dirigir los ojos al cielo. Las estrellas, agradecidas, soltaban sobre sus hombros polvo de luz que él creía nieve estival. Y aunque ya no oía los aplausos del universo ni veía con claridad el resplandor del firmamento, seguía trabajando mientras silbaba una muda melodía, feliz de ser el jardinero nocturno del cielo; podador de estrellas...

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