Antes
de que la radio aprendiera a callarse, hubo un radiador cuya voz
encendía las madrugadas. Mas los años no pasan en balde y son
carpinteros eficientes, le fueron serrando el oído, le escondieron
la voz entre versos distraídos y le vistieron los ojos con telarañas
traviesas. Pese a todo nunca dejó de amar la mortadela ni el güigki
con grumitos. Aseguraba que ambos engrasaban su memoria mejor que los
relojes de arena en días de bravas tormentas. Cuando ya nadie podía
escucharlo, buscó un currele no contributivo en el que no necesitara
palabras. Se hizo podador de estrellas asalvajás. De madrugá subía
por su escalera, hecha con el humo de sus sempiternos cigarrillos de
reír, y se dedicaba a recortar los afilados picos de las
constelaciones con la intención de que ningún enamorado se hiriera
el mirar al dirigir los ojos al cielo. Las estrellas, agradecidas,
soltaban sobre sus hombros polvo de luz que él creía nieve estival.
Y aunque ya no oía los aplausos del universo ni veía con claridad
el resplandor del firmamento, seguía trabajando mientras silbaba una
muda melodía, feliz de ser el jardinero nocturno del cielo; podador
de estrellas...

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