Me
motejaron como El Ca铆fa, como si yo tuviera la culpa de todas las
estaciones.
Tuve
que aprender que hay puertas que solo existen para ense帽arnos el
oficio de esperar. A veces camino despacio, porque el silencio
tambi茅n merece llegar primero alguna que otra vez.
La
ciudad enciende sus vitrinas, para vender relojes, promesas y hasta
el mismo amanecer con distinto envoltorio. Yo apenas compro un pu帽ado
de sombras para recordar que la luz nunca viaja sola.
He
visto h茅roes doblando la espalda por monedas diminutas. Tambi茅n
conoc铆 mendigos repartiendo sonrisas, como quien reparte churritos
calientes.
Nadie
sale sin m谩culas del tiempo, ni las piedras ni los 谩rboles. Ni este
coraz贸n que insiste en latir aunque conozca de memoria el precio de
cada adi贸s.
Si
alguna vez preguntan qui茅n fui, no digan mi nombre. Digan solamente
que fui un hombre que conversaba con el viento, como si al viento todav铆a
le importaran mis cosas.
Soy,
simplemente, el de la sonrisa cana.

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