domingo, 2 de agosto de 2026

Morir a manos de la poesía...

 

La poesía ha dejado de escribirme cartas. Ahora conspira contra mí. Se reúne en el silencio, soborna a la memoria y pone precio a cada uno de mis recuerdos. Ha dictado una sentencia: hacer desaparecer al hombre para que solo sobreviva la palabra.
Quiere desalojarme de mi propia carne y trasladarme al lápiz que aprieto entre los dedos. Convertirme en la mina que se desgasta, en la madera que cruje, en el polvo de grafito que cae sobre el papel como una ceniza íntima. Ya no seré quien escribe: seré aquello con lo que la poesía se escribe a sí misma.
Cada verso es un golpe de Estado contra mi voluntad. Cada metáfora derriba una frontera que creía inexpugnable. Me invade despacio, con la paciencia de la lluvia que termina horadando la piedra. Me roba la voz para devolvérmela convertida en un idioma que ni yo mismo reconozco.
Y, sin embargo, no huyo.
Porque sospecho que morir a manos de la poesía es la única forma digna de permanecer vivo. Si un día alguien encuentra mi cuerpo, que no busque un corazón entre mis costillas. Encontrará un lápiz gastado, todavía tibio, escribiendo el último verso de un hombre al que la poesía asesinó para concederle, por fin, la eternidad.

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