Entraré afilado en la garganta de la noche para robarle el tizón con que dibuja los eclipses. Llevaré en los bolsillos los dientes rotos de la luna y un puñado de cuervos ciegos picoteando mi sombra.
No escribiré versos. Abriré las venas del silencio hasta que sangren jazmines negros, y sembraré en los pozos los cenicientos córvidos a los que enseñé a respirar en el olvido.
Que me persigan los relojes ahorcados en las desnudas paredes, los jueces de la tinta, que sigan gritando las campanas con lengua podrida.
Nunca podrán detener a quien cabalga un caballo desbocado por la serreta cruel del viento. Mi oficio no es nombrar la belleza, es desnudarla y desvalijar a la muerte mientras duerme abrazada a la luna. Quiero dejar en los labios del alba una rosa de humo, un cuchillo florecido y los últimos latidos de aquellos dioses que nos separan escondidos bajo una piedra azul.









